29 noviembre 2020

Sultana del Lago Editores

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“VÍAS DE ACCESO: Personal” de Alfredo Chacón. Fragmento de “Curiepe”

Ahora me doy cuenta: en mi largo batallar de hace años por un poema que diese la génesis de lo real desde el comienzo mismo, sin acudir a nada que sus propias palabras no hubiesen ya generado y nombrado como por primera vez, quizás encuentre hoy la solución al problema de empezar este libro.

De aquel entonces dos constancias me quedan y a ellas recurro ahora como a una esperanza todavía por descifrar. La primera, es un fragmento salvado de lo que pude escribir entre 1956 y 1958, y comienza así: “El vértigo exilia los umbrales ya antiguos./ Se desbandan las lejanías./ Líneas perplejas cruzan el vacío/ en avalancha, tercas, imposibles./ A salvo en rápidos espacios, ágil mansión del vilo solitario,/ la inmensidad desploma glaciares de vacío./ Larva de abismos, médula del tropel hacia imbricados vértices,/ su densidad estalla/ rebosando el sitial donde la niebla inicia sus ardores”. La otra constancia es el poema “Saloma”, escrito durante los años 1958-1960 (los años que pasé en París como estudiante de postgrado en antropología) e incluido también en el libro del mismo nombre que publiqué a fines de 1961, casi al año de mi regreso a Venezuela, de mi ingreso como profesor en la Escuela de Sociología y Antropología y del inicio de mi trabajo de campo sobre la actividad mágico-religiosa de Curiepe. Así comienza: “Arrasando sus bordes,/ como una estela, atada al sobresalto,/ la voz, aquí de pronto./ Aureolando su andar, de pronto aquí, como una estela/ aquí la voz atada al sobresalto.”

Ahora tengo que dejar constancia del batallar, más largo todavía, por un libro que transcurra como una revelación de la actividad mágico-religiosa de los pobladores de Curiepe; que no se quiere permitir ningún recurso externo a su propio esfuerzo de constitución teórica, metodológica, textual; y cuyo impulso de realización ahora gravita junto conmigo, entrelazados los dos a una pregunta de la que aspiro hacerme responsable: ¿Cómo hacer? ¿Cómo decir en este libro lo que para mí vale la pena decir, si en rigor tan solo podría intentarlo después de su final?

Pero al principio del transcurso que me condujo a este libro -éste que finalmente está en las manos del lector- no era una pregunta tan neta como ésta la que regía mi búsqueda. En mí lo que había era la palpitación exhaustiva y fuerte de un pensamiento no resuelto; y tan seguro y necesitado de su ansiada resolución como de la dificultad que se erguía, sin contornos, entre mi impulso de aferrar y las mediaciones que yo sabía tan necesarias como arduo de circunscribir en el esbozo de una estrategia de conocimiento.

Desde el comienzo fue el vivir volcado hacia una presa que afuera me resultaba inasible y adentro, excesiva; así, el espacio que dejaban libre mis esfuerzos por salir lo suficiente de mí sin perderme de vista hasta tenerla frente a frente,  se llenaba desbordantemente de la energía indomable de mi objetivo. Antes como ahora me ha sido imposible rehacer puntualmente el proceso de este exaltante y doloroso juego de búsqueda y desencuentros. Solo sé, ahora como antes, que siempre se entabló dentro de un área móvil que en cada uno de sus momentos y colocaciones limitaba, de una parte, con la palpitación personal urgida de solución, pero no de cualquier solución; de otra, con el campo de prueba constituido por Curiepe; y además, con las proposiciones y experiencias conceptualizadas que habían forjado imágenes de lo social visto en la vertiginosa complejidad que me apasionaba aferrar; aprendiendo y descubriendo por mí mismo, más allá de ciertos límites ya deleznables y comenzando a responder, entre otros desafíos, el que me propuse al estudiar Curiepe.

En aquel momento, venía de regreso de París, en línea recta hacia el Punto de Partida y al cabo de una andanza cuya reconstitución, por más simplemente alusiva que se resignase a ser, me plantearía una dificultad que en este momento ni sueño poder responder. Solo sé que en el tiempo inconmensurable que va desde mis orígenes hasta 1958, he vivido la ansiedad de vivir en el encuentro ardoroso con el mundo; de creerme pintor y poeta; de padecer -al mismo tiempo que lo descubría-mi país reducido a irrespirables dimensiones por una dictadura militar; de conocer la cercanía de unos cuantos compañeros de estudio que pertenecían a la lucha contra ella; de encontrar un pequeño mundo de poetas y artistas que se hizo el mío; de sufrir, al mismo tiempo, las razones que me llamaban a tomar mi parte contra la cárcel generalizada y la indecisión de acometer lo que ya muchos se atrevían; de palpar, por último, cuando se produjo la caída del régimen, lo que es un pueblo lanzado más allá de sí mismo y saber, hasta la saciedad, que ese pueblo era el mío. Solo puedo asegurar que en las súbitas condiciones de la libertad creíble, el tan soñado viaje a París se me dio como una entrada no solamente triunfal sino verídica del futuro en el presente; que allá fui espectador de todo lo que desde antes no me concernía y que esto me llevó a ser activo por mi cuenta en indagar desde más cerca sobre la contextura real de algunas ideas, realizaciones y personajes de la cultura europea, a descubrir el trato intelectual con la política, a verificar y reajustar mi cuadro de expectativas sobre el arte y la literatura, a entender la presencia en la realidad de otros pueblos como el mío y que a estos pueblos se los percibía como un mundo diferente, que ya no era el “Nuevo Mundo” de cierta envejecida ilusión americanista, sino el “Tercer Mundo” de una contienda efectivamente universal que pude comprobar en el nuevo pensamiento que empezaba a expresarnos, en los episodios de la guerra de Argelia, en la emergencia de las nuevas naciones negro-africanas y en esa ratificación y victoria máxima, ese definitivo asalto a la verdad del futuro que para mí significó el advenimiento de la Revolución Cubana.

Pero apenas tres meses después de mi llegada a Venezuela, esta sentida linealidad del avance hacia el Punto de Partida –cuya búsqueda y soterrada expectación ha sido, antes y después de este momento, el motor y la condición con que siempre he marcado mi opción por la vida- vino a ser rota por tres sucesos amargos: un desgarramiento amoroso, la muerte de mi padre y la arremetida del novísimo gobierno Democrático –resultante de las elecciones que nos devolvieron a la realidad desde el fragoroso mito de la Unidad nacional- contra las fuerzas revolucionarias crecidas durante el período que siguió al derrocamiento de la dictadura. La fusión repentina de estos tres torrentes hicieron la base y el caudal invasor del área móvil en la cual yo buscaba un punto donde afincar el esfuerzo de concentración que anhelaba, para partir de nuevo y como por primera vez a mi andanza verdadera: ese esfuerzo de concentración que si hasta el momento del regreso se me aparecía jubilosamente concertado a los mejores auspicios, de ahora en adelante se convirtió en una dolida labor de re-iniciación.

Aprobado, por el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la Universidad, mi proyecto inicial sobre “los comportamientos y creencias mágico-religiosos de las poblaciones negras de la Costa venezolana”, un día de enero de 1961 partí hacia Curiepe. Entre Caracas y ese pueblo que no conocía y ni siquiera sabía donde se encontraba exactamente, me acompañaron los más vivos sentimientos de desamparo y de urgencia por alcanzar nuevamente la respiración completa; así como una pequeña libreta preparada a los efectos de acoger los Datos de la Revelación.

Al cabo de un recorrido como a ciegas, porque, además, nunca llegué a hacerme informar el tiempo que faltaba para llegar a Curiepe desde el sitio en que cada vez preguntaba y porque la vía era casi intransitable en un buen trecho, a causa de los trabajos de construcción de una nueva carretera, después de algunas horas llenas de sol y de mutismo, durante las cuales la tensión se hizo casi absurda hasta fundirse con el empeño de vencerla, llegué a Curiepe. Era la hora en que normalmente toco el fondo de todos los cansancios: la una de la tarde; la hora en que las calles de los pueblos están más solas. Un niño en la plaza, de unos doce años –Gilberto- fue mi primer contacto; me dijo dónde vivía el médico: un joven fornido, nacido en Curiepe, recién llegado de terminar sus estudios en Brasil y casado con una brasileña, que me recibió en su casa-dispensario y me puso al habla con Alfredo Galindo (hijo del desaparecido escritor curiepeño Juan Pablo Sojo y Prefecto del pueblo), con Rafael Vargas, funcionario del juzgado de la vecina población de Tacarigua de Mamporal y con Pedro Sojo, hermano de Juan Pablo, quienes me fueron acercando a otras personas. Ese día no pude localizar a Fernando Madriz Galindo, relator entrañado del folklore mágico-religioso de la región de Barlovento a quien había ido expresamente a ver y desde hacía años leía ocasionalmente en revistas de Caracas. Emprendí el retorno, cansado y tranquilo, confiado en un acercamiento con la gente de Curiepe que efectivamente comenzó a dárseme desde el Carnaval de ese año, a partir de lo que hablamos, bebimos y nos echamos encima el martes, en los alrededores de la plaza.

Pienso que en el trayecto de esta experiencia, la motivación inicial ha resultado ser también el asunto principal y decisivo de lo que es este libro. Nunca la expectativa personal y la conceptual abandonaron sus respectivas pretensiones y conquistas: se mantuvieron coexistiendo en un campo común de tensiones cuya preservación ha sido importante para las factibilidades de cada una y para mantener abierta la posibilidad, desde ambas instancias requerida, de alcanzar el momento admisible de su síntesis. Así, los apremios subjetivos tanto como los reflexivos, ni cedieron el terreno de su especificidad ni renunciaron nunca a buscar las claves de su integración. Cada dimensión necesitó siempre de la otra, al mismo tiempo que le aportaba y ambas se hacían más complejas y difíciles de fusionar. Por una parte, la confrontación de los sedimentos personales y las singularidades del campo empírico estudiado; por la otra, el entrelazamiento de estas dos afluencias, a menudo sentidas como insatisfactorias, con la literatura teórica a la cual acudía incesantemente en busca de los correspondientes auxilios.

Durante la mayor parte de esta especie de proceso, el peso mayor fue recayendo cada vez más en este último componente del área móvil que mencioné. Al ir pasando de una interrogación álgidamente urgida de respuesta a una expectación activa en el desbrozamiento de las presuntas fuentes teóricas de esa respuesta, el saber de los otros se me transformó de solución supuestamente disponible en problema a la medida del mío. Finalmente, en esta dirección fui resolviendo el trato de las sucesivas premuras de expansión con la inicial necesidad de concentración.

Hoy me parece que cuento con la suficiente cercanía a semejante problema, y al lenguaje que me permitirá decir, a través de este trabajo sobre las relaciones sociales de significación simbólica y de comunicación implicadas en la actividad mágico-religiosa de un pueblo campesino, lo que de Venezuela hay en Curiepe y de Curiepe en Venezuela; tal como en el poema que hace años busqué. Es decir, comenzando por el principio que yo mismo sea capaz de construir; y sin dar nada por previamente resuelto en la construcción del tema y del discurso en que espero hacerlo constar.

¿Por qué sin dar nada por previamente resuelto? Porque aquello de lo cual anhelo hablar no se me ha hecho visible de cuerpo entero ni en los escarceos venezolanos en torno al propio mundo, ni en las sistematizaciones europeas de “lo social en cuanto tal”, o en cuanto éste o aquél otro. Por los primeros no me he percatado sino de roces precarios con un contenido subjetiva y objetivamente insuficiente, infinitamente fragmentario e informe; en las segundas, más que todo he aprendido a inteligir formas vertiginosas y arbitrarias, buenas para alentar arrebatos internos del cerebro y el corazón, y necesariamente insuficientes también como sustitutos del recorrido que me permitiría enfrentar la presencia plenaria de lo presentido, entrevisto, necesitado y ansiado: es decir, de la revelación, ganada por el propio impulso, de esa carne y esa sangre de la historia, de las cuales y en las cuales deseo máximamente que mi ser sea.

Por supuesto, no llego a desconocer que en cada fase de la historia venezolana de este empeño, lo que busco ha estado vivo entre los móviles del pensar; en lo que insisto es que no ha sido descifrado, es decir, no ha sido encontrado en la secuencia franca de ese movimiento propio que persigo descubrir y asumir como el más mío, sin reservas y con todas sus consecuencias. Y no es de un caso de idiotez intelectual de lo que estoy hablando, ni de uno de fascinación fantasmal. Sé que puedo contar con lo que me exijo para el conocimiento; me he probado en la concentración abierta, en la vigilia merecedora de sus propias recompensas y en la dicha versátil que asocio a su aventura, y a la de expresarlo. Por otra parte y de alguna manera que no logro aferrar enteramente, sé que soy y siempre he sido de lo que quiero y para lo que quiero ser. Tengo marcas, y me acompaña la noción sensible de que lo primero importante es recobrarlas incansablemente. En cuanto a ellas y a todo lo que me permito suponer que prometen, la memoria y la reflexión no me han desasistido: aunque no sea cuando lo espero o cuando creo necesitarlo decisivamente, puedo desdoblarme en escenas primordiales y entrar en climas de mis otras edades, cuyo tiempo real es mucho más el de mi porvenir que el del pasado. Mis euforias y lasceraciones, impotencias y hallazgos nunca han tolerado su reducción a datos simples: ni sorbos de dulzura, ni remansos ilusorios, ni autocastigos malvados. Nunca creí que pudieran servirme para anclar en algún lugar previamente asignado, ni como rutas ya trazadas que solo sería cuestión de aprender a repetir. Ellas circulan por mí, mundanales y expresivas, pero también cerebrales, respiratorias, sanguíneas. Se reúnen conmigo en el curso de mi empecinamiento en asumir todo bajo las condiciones del amor y el desafío, de la lucha y el deseo, de la presunta plenitud gozada, sufrida y entendida.

En pocas palabras, el hecho es que no sé tanto como quisiera de aquello a lo que pertenezco, deseando que me pertenezca y pertenecerle todavía más, quiero decir, mejor. Pero esta faena no concluye aquí. Se afianza y se desdobla en un esbozo del mundo que me ilusiona descifrar. Pues esta historia de carne y sangre pensadoras que proclamo, tiene su propia contextura y su tamaño; y en cuanto es un mundo, vive el drama de su propia pertenencia a interpenetraciones mundanales más amplias. ¿Cuál es la ley de esta pertenencia; el coeficiente de equivalencia y de reciprocidad que muestra su vinculación con las otras parcialidades de la historia? ¿Cuáles serían, para los adentros de este mundo propio, las implicaciones y consecuencias de esa ley y ese coeficiente?

Desde que es mundial, es decir, desde que es capitalista, la historia es única en cuanto es la historia de las leyes que rigen el sistema de diferencias, contradicciones y violencias en el cual consiste. Pero es también, en lo que hace a la existencia concreta de las formaciones socioculturales regidas por aquellas leyes, una pluralidad de historias diferentes. “Su” unidad no es en realidad sino la del sistema que instaura el condicionamiento global que las rige, y por lo tanto, tenemos que admitirlas como formaciones socioculturales que son a la vez diferentes y convergentes: lo primero por la diversidad de su consistencia empírica; lo segundo, por las leyes que rigen la vinculación entre ellas, y la sobreposición a todas ellas de una historia –la del sistema- que no elimina las diferencias ni es eliminada por éstas. Todo ha ocurrido de tal manera que el nexo entre estas dos verdades (la unicidad, las diferencias), que es en sí mismo de una profunda complejidad, plantea dificultades abismales aun para los más certeros esfuerzos de comprensión. En principio, se trata de dos verdades comunicantes y especificar el nexo constitucional que entre ellas existe no debería resultar un cometido inalcanzable; pero de hecho ocurre que la conciencia colectiva generada a ras de las prácticas y experiencias correspondientes a una realidad de tal modo conformada, normalmente las separa la una de la otra, las incomunica entre sí y se descomunica de su objetiva relación.

En este sentido, ha de asumirse al menos que la unidad impuesta por el capitalismo a la historia no es comprendida en su objetividad –en su real alcance y límite- por las colectividades parciales cuya interpenetración él condiciona. Vale decir, ni por las parcialidades dominadas dentro de una misma conformación sociocultural, ni por las parcialidades con carácter de formación sociocultural a su vez dominadas por otras formaciones socioculturales. Mucho menos por las subparcialidades dominadas dentro de formaciones socioculturales también dominadas. Sobre todo dentro de este último sector mundial, la unicidad forzada que presenta la historia entre sus rasgos constitucionales, no ha podido vivirse sino en sus efectos; y entre éstos quizás el más sustancial sea el de la radical incomprensión de sus causas. En este ámbito de la diversidad inducida a la homogeneización por efectos no comprendidos en su objetividad, la historia mundial es ampliamente vivida sin ni siquiera sospechar su verdadero carácter; o como un misterio inabordable; o cuanto más, como asunto exclusivo de algunos países y clases a quienes la suficiencia histórica se les atribuye como por naturaleza.

Por otra parte, este efecto global no es legítimamente atribuible a la pura vigencia de las diferencias subsistentes a la unificación impuesta. No se trata simplemente de un problema de incomunicabilidad cultural entre parcialidades diferentes pero equivalentes. Mucho más que de la influencia de supuestas incompatibilidades culturales, de lo que se trata es de la nueva diferencia agregada y sobrepuesta a las demás por el capitalismo, la cual es inherente a su fuerza unificadora hasta el punto de que las fundamenta. Pues lo cierto es que por obra de esta otra diferencia, las grandes mayorías del universo, dominadas dentro de formaciones socioculturales también dominadas, tanto o más que latinoamericanos, asiáticos o africanos –todos a su vez culturalmente diferentes entre sí- pasan a ser muchedumbres doblemente dominadas. Diferentes de muchos de los otros dominados, pero además diferentes de todos los explotadores que los dominan. Todo esto y el desconocimiento de sus causas y de su efectiva consecuencia universal, supone la realidad de una doble operación excluyente que ha favorecido doblemente a sus beneficiarios y perjudicado también doblemente a sus víctimas: me refiero a la exclusión que los dominadores hacen de los dominados al privarlos del pleno acceso a la riqueza socialmente producida; y a la exclusión que los dominados hacen de sí mismos, al dejarse afirmar solo como objetos de la historia y afirmar como sujetos de ella a quienes los explotan y segregan.

Así, doblemente afirmados como sujetos de la realización histórica y doblemente negados en su condición de tales, los dominantes y los dominados, repartidos dentro y entre las formaciones sociales que constituyen la sociedad mundial, son los componentes activos, diferentes y contradictorios entre sí, de una totalidad estructural que si bien ha podido ser negada por ellos mismos, a los efectos de las relaciones condicionadas que existen entre las distintas parcialidades por ellos constituidas, hasta el presente ella no ha podido ser negada en sí misma. Y no ha podido serlo, por la razón de que ninguna de estas parcialidades ha logrado nunca acceder a su completa universalización; es decir, porque ni los dominantes ni los dominados han conseguido coincidir por sí solos con la totalidad mundial de la historia. Tanto las afirmaciones como las negaciones empíricas y subestructurales que la historia mundial comprende en su seno, no han sido tales sino en cuanto elementos del contexto máximo, del campo real de lo posible para el conjunto de los distintos pueblos.

Sin duda, estos protagonistas, aunque no hayan dejado nunca de serlo por y para sí mismos, de hecho siempre han definido en su  transcurso redes muy objetivas de relaciones entre ellos; y las experiencias y expectativas de cada conjunto han logrado proyectarse más allá de sus respectivos límites. Pero, aunque es menos evidente, el gran proceso capitalista de nueva diferenciación y convergencia forzada, cuyo desarrollo arranca desde el siglo XVI, no ha bastado para garantizar la entera universalización de ninguna de las dos parcialidades que constituyen desde entonces la totalidad estructural de la historia. En la medida en que la convergencia entre parcialidades se ha cumplido como interpenetración de dominantes y dominados, y por lo mismo, no ha sido otra cosa que contradicción entre unos y otros, resulta que lo universal es la contradicción. La contradicción es lo que coincide con la unicidad de la historia capitalista-mundial y constituye su esencia, rigiéndola de esta forma compleja: en un  sentido, como ley de condicionamiento que impone la específica diferenciación entre explotadores y explotados-periféricos-dominados; en otro sentido, como ley del condicionamiento ejercido desde determinadas formaciones socio-culturales y clases sociales que a pesar de su inmenso poderío nunca han dejado de ser parciales, y por lo tanto, tampoco han conseguido borrar en todas las otras formaciones sociales aquellas diferencias precedentes a la diferenciación mundial entre explotadores y explotados.

Las consecuencias realizadas de este inmenso engranaje han conducido, predominantemente, a resolver la contradicción universal a favor de la fuerza unificante del capital. Queda el problema de su superación histórica y en consecuencia, el de las bases históricas de esta superación. Es aquí donde resalta el hecho, todavía no asumido a plenitud, de que en la universalidad alcanzada por la contradicción entre explotadores y explotados, la autoafirmación de los primeros depende doblemente de la autonegación de los otros; pues la fuerza y el poder de los dominantes efectivamente depende para ejercerse como tal, no solamente de que los dominados no la poseen en igual magnitud, sino también de que su posesión por parte de los dominantes sea aceptada por los dominados como legítima o inevitable y de que sigan resignados a ser tan solo los objetos sobre los cuales esta fuerza tiene incuestionable derecho a ejercerse.