19 septiembre 2020

Sultana del Lago Editores

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Tres poemas de “Tu primavera en mi ocaso” de Dario Romero

HUELE A SIGILO

1

Huele a sigilo.
Duele el costado.
Calla mi lira,
hiere mi lado.

2

Amor que expira
pierde su tino
porque un malvado
calló su voz.

3

Cada palabra
es un gemido;
cada sonrojo
sabe a traición.
Cada mirada
vuela encendida,
buscando sendas
desconocidas
que oculten prestas
la despedida.

¡Los sentimientos
son sometidos
por la razón!

4

Hinco mi frente,
entre despojos:
¿Habrá agua clara
que me consiga
nueva ilusión?

5

Anonadado,
mi marcha es mustia;
rompo cristales
lleno de angustias:
no tengo fe.
Tuve en mi madre,
mas con la muerte
por compañía,
llevó consigo
su gran belleza
y la entereza
de ese amor fiero
que  me brindó.
¡Melancolía!

6

En viaje aciago,
parten mis hijos,
llora mi alma,
vuela la vida,
se van mis nietos,
huye mi niña,
la perderé.
Sea lo que piense
su boca miente,
pero ¿por qué?
Quiero olvidarla:
Canto y ternura
fueron culpables
del frenesí.

6

Par de ojos negros,
sol de locuras,
y su piel blanca,
como alborada,
tejió las redes
donde caí.

7

¡Ay..! sus caricias,
sus besos suaves
de colibrí.
Su alma valkiria,
luces de astros,
versos muy cortos,
de sueños rotos:
calma y querella,
con mis recuerdos
me siembro aquí.



TU NUEVO AMANECER

Si no puedo yo endulzar
tu vida y tu sacrificio,
¿Qué logro con escanciar
licor en mi beneficio?

Como yo suelo estudiar,
conozco de mi desquicio
y  de reglas del lenguaje:
No debo yo conjugar
futuros con participios
o celebrar armisticios
fundados en el ultraje
o días de desperdicio

Sí estoy ligado al pasado
sin poderlo remediar,
hay que  abortar este viaje
que no te deja avanzar.
Regresar a mis cabales
para  evitar tu suplicio
y, retomando el  camino,
yo debo  capitular
sin conjurar maleficios.

Aunque la fuerza del sino
me permitió disfrutar
de tu acendrada  ternura,
me dispongo a cabalgar
contrariando a mi destino,
sobre un halo de locura
y al borde de precipicios.

Por el agua, hacia la aceña,
llevaré toda mi mies;
daré descanso a mis pies
moliendo el dorado grano;
le agregaré levadura;
amasaré con mis manos,
haré dulces, canapés,
y gozarás sus delicias,
compensando tu amargura.

Reposarás por un rato
y, luego de ese descanso,
con fluido del Leteo,
te volveré a bautizar,
y hará la alquimia un milagro
por el que olvides desdichas
que, sin desearlo, causé.

Impulsada por la brisa
que refrescará tu alma
en paseo matinal,
otro amor te invadirá
y volverá a ti la calma:
¡Será un nuevo amanecer!
Ya borrados los vestigios
De tus ansias manifiestas
de escurrirte de tu hado
por compartir mi bajel,
alcanzarás el prodigio
de escapar de tu martirio
albergando  otro querer.


Con tres amantes

Emprendemos vuelo: luna de miel.
Cinco horas sólo de azules.
Embelesados por  amor.
México un regalo que disfrutamos.

Más ésa no es la historia.

Bastó llegar y alojarnos, para salir de paseo.
Calles, vendavales de  seres apresurados.
Calzadas, repletas de vehículos.

¿Dinero?  Apenas para viáticos;
mas, como críos, fuimos cautivados por ¡zapatos!

Ella, un par tradicional de paseo.
Plástico transparente
adornado con lunares de diversos colores.

Yo, mocasines indígenas con trenzas:
rojizos, piel de venado, epidermis de extrema
y agradable suavidad,
envoltorios perfectos de mis protuberantes pies.

Para calzarlos, corte recto
en la parte media y lateral externa.
Pespuntes de hilo de mediano grosor
les daban fuerza
y forma.
Amor a primera vista.
Me los coloqué de inmediato.

Me percato
de que fui descortés con los zapatos que vestía
mas, a partir de ese momento, pude sentir
la gentileza,
la ternura,
el cariño,
que tal par de almas de piel me profesaron.

De regreso al hotel,
me los quité cuidadosamente.

Los detallé con fruición.

Me percaté de que los sentía como amantes.

Los acerqué a mis labios
Los besé; cambié su sexo:
Desde aquel instante fueron “mis babuchas”.

La  novia no discutió.

Comprendió mis sentimientos
y devine en polígamo ilimitado,
sólo que ésta era la única
que podía compartir mi lecho.

A mis babuchas
no solamente las usé para pasear.

También fueron “saltos de cama”,
excelsas caricias a mis pies agradecidos
y tema de agradables conversaciones
con mis amigos.

A mi vera estuvieron
por más de 10 años,
hasta que un delincuente
me dejó sin ellas.

Las lloré
como griega plañidera.
Intenté que un artesano las copiara.
No pudo ser.

Aún bendigo y protesto mi amor por ellas.
No ha aminado mi dolor por la pérdida sufrida.

Pido justicia.
Ruego que  un sufrimiento,  de similar o mayor  intensidad, aflija indefinidamente  a quien hurtó mis babuchas: esas  dos amantes ánimas de piel que seguiré venerando mientras viva.