Encontrarse con un libro raro: pasar por anaqueles de las librerías, o pasear por las calles de la ciudad para conseguir un ejemplar tirado en el suelo, o toparse con el libro en un zapping de lecturas virtuales. ¿A caso no fue lo que le sucedió al memorable personaje de Borges en aquel cuento El libro de arena? La trama de un libro infinito, que cada cuanto que lo abres puedes leer y conseguir una información única, distinta, y lo más seguro, fidedigna de la realidad cambiante y atormentada. Al mismo tiempo, un libro sin comienzo ni final. Un libro capaz de volverte loco.

O “62 modelo para amar”, de Julio Cortázar, que es un libro raro, una especie de tablón de recortes que van tejiendo una historia (¿legible?) de un momento en la vida y mente del autor, más un retrato al menos creíble de su época. ¿Son esos los elementos de un libro raro? ¿Es lo que necesita un lector para concentrarse en la rareza del libro? Saquemos la cabeza de Argentina, y pensemos en libros raros en el continente, ¿o es que acaso Trilce, no es un libro raro? En César Vallejo conseguimos el combustible de la intratabilidad de los textos, el recurso iconoclasta del lenguaje y una extensa necesidad por explicar el vacío. Un poco más allá, está en Trilce un hálito de genialidad compulsiva, de oligofrenia verbal, que tiene pocos ejemplos en nuestra lengua.

¿Y no es igual la búsqueda de Brice Echenique en Un mundo para Julius? (Claro, salvando la distancia entre los géneros, y los cuerpos extendidos de las obras). O es en Antonio Cisneros, con su poética contrapuesta, o en Vargas Llosa, con su caleidoscopio del poder. Si nombro a estos escritores, ya parece que lo raro es común. Pero ellos toman de la fuente de La región más transparente de Carlos Fuentes, quizá el mexicano más osado y prolijo del siglo XX. ¿O es que las obras maestras no pueden ser consideradas libros raros?

Si alguna vez el quieto entuerto de las horas nos llevó a buscar libros raros, para atesorarlos, para ser cómplices de sus formas de romper el lenguaje o de curarlo, hemos encontrado un nuevo libro para hacerlo parte de nuestro acervo. Quendi Hierofante hace gala de su libro raro. ¿Pero qué tan raro es?

1) Es un libro raro a lo Maldoror.

“Libídine, penumbra y congoja de las circunstancias” es un libro que emula, de cierta forma, Los cantos de Maldoror del Conde de Lautreamont, ese libro, que describe y narra las desventuras y placeres un ser cuyo propósito es el mal, gozarse de él, hasta la infinitud del asco, o hasta conseguir que los lectores entendamos que existe un fino hilo que separa la crueldad y la perversión. Sin duda el tono clásico, casi épico, que el autor de esa gran obra de la literatura, usa para describir torturas y asesinatos, se emparenta con el deseo de fomentar el caos y disfrutar la penumbra, que está presente en los pensamientos de Quendi Hierofante.

A lo largo de “Libídine, penumbra y congoja de las circunstancias”, encontramos a un narrador, que va, versiculando una madeja de historias, todas de impronta intelectual y gótica, en búsqueda de la empatía de lector. El lector se atesta de esta información, de ese miedo a contradecir, de la impresión de encontrarse con un texto cerrado en la inmanencia de un lenguaje críptico, pero al mismo tiempo, sugestivo a la intimidad. Quendi Hierofante es un demiurgo y nos lleva de la mano por el descampado de su imaginación, sonora, esterilizada de coloquialismos, de impronta épica, dotada de una grandilocuencia que abstrae y ensimisma.

2) Automatismo psíquico, dialogo interior: invención de un espacio

¿Qué tienen en común Ulises de James Joyce, Los campos magnéticos de André Breton y Philippe Soupault, con “Libídine, penumbra y congoja de las circunstancias” de Quendi Hierofante? ¿Has pasado tus ojos por un libro brillante de la literatura del siglo XX, como El hombre aproximativo de Tristán Tzara? ¿Las Olas de la británica Virginia Woolf? Hay detrás de este decir, un mundo de afirmaciones que debemos figar como lo hacen los entomólogos con sus inocentes mariposas: l segunda década del siglo XX vio florecer la literatura iconoclasta. Esos cuatro libros que mencionamos anteriormente fueron escritos antes 1930, y constituyen ejemplos claros de libros raros; como lo es, a su modo el libro de Quendi Hierofante.

Todos esos libros se preguntaron: ¿Qué piensa el hombre que escribe y el hombre que es narrado? ¿Hay en el resonar de lo dicho algo del eco del inconsciente o es que la escritura funciona como un espejo de los esquemas más profundos de una psiquis?

La literatura comparte con la música su origen en la lira antigua, pero la literatura le lleva al arte de los pentagramas, una ventaja insalvable: el lenguaje articulado sirvió para pensar la música, pero esa sinfonía del pensamiento, ese enredo de ideas, sin ritmo y sin armonía, habría sido apenas, eso, un pensar. Luego de siglos, el hombre occidental logró llevar a la literatura, ese marasmo del pensamiento y traducirlo en arte.

“Libídine, penumbra y congoja de las circunstancias” se suscribe en la línea discursiva del diálogo interior, esa corriente del pensamiento, que como un rio clamo, pero constante, se renueva heraclitianamente, aunque en aspecto permanezca incólume con sus ideas. ¿Podríamos entrar con un microscopio del pensamiento en la cabeza de los personajes narrados? Pues es lo que intenta y logra James Joyce en el Ulises, y la increíble Virginia Woolf en su construcción interior conocida como Las Olas.

El automatismo psíquico nos permite explicar la composición de muchos versos desde el siglo pasado, es la respuesta que damos a las construcciones maravillosas del lenguaje que escapan a la lógica sintáctica o de las argumentaciones discursivas tradicionales. “Libídine, penumbra y congoja de las circunstancias” es una forma de asomarnos al pensamiento automático de Quendi Hierofante, y que una vez en presencia de su rebullida mente, vemos no solo la posición inicial de lo abstracto y desleído de su pensamiento, sino que podemos ser testigos de un ejército maquinal de oraciones que, de manera orgánica, constituyen el país de las pasiones perversas.

Del mismo modo, hay una ventana abierta entre El hombre aproximativo de Tristan Tzara ¿por qué? Porque la literatura sirve para explicar el mundo de manera conceptual y simbólica. Sucede lo mismo con “Libídine, penumbra y congoja de las circunstancias”, ya que sirve para explicar un ejército de circunstancias que nos confinan y liberan. La Venezuela prefigurada en “Libídine, penumbra y congoja de las circunstancias” es un esbozo simbólico de las confluyentes realidades de un país disipado por el desastre.

¿Y Los campos magnéticos? Hay una encefalografía poética en ese libro, que revela conjunción de mentes: entre dos escritores que se ofrecen la posibilidad de conjuntarse en una obra, existe la misma conexión entre uno y miles de los pensantes que leen un libro. En “Libídine, penumbra y congoja de las circunstancias” existe una posibilidad de generar congruencia entre el lenguaje y el pensamiento del autor y de los lectores. Quendi Hierofante lanza una invitación a lectores del mundo, para que armen el rompecabezas de la empatía. El libro raro es el ardid para conseguir un lector raro.

3) Tiene los elementos del bestiario y la enciclopedia: un libro infinito

Jorge Luis Borges escribió un libro maravilloso titulado “El libro de los seres imaginarios”, donde compiló fragmentos geniales de la imaginación humana: es un inventario de monstruos mitológicos y productos de la inventiva de los pueblos. Estas Bestias enumeradas y descritas, conforman un plano amplio de una realidad que sabemos inexistente, pero que al mismo tiempo es capaz de describir lo que somos como sociedad, y el legado imaginativo de los pueblos. También en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, un cuento parte del libro Ficciones, podemos ver la existencia de libros maravillosos, que trazan una hendidura en la realidad. “Libídine, penumbra y congoja de las circunstancias”, es una especie de enumeración de fantasmas, miedos y placeres, que podrían constituirse en el bestiario personal de Quendi Hierofante.

¿Quién o qué hace un libro raro? Fundamentalmente su contenido. “Libídine, penumbra y congoja de las circunstancias” es un libro raro porque expone profundamente el contraste de nuestra realidad con la tonalidad sentimental de la realidad de Hierofante. La capacidad de catalogar un mundo interior, hace infinitamente posible que este mundo sea “probable”, habite desde la ficción las barreras de lo imaginable.

Quendi Hierofante, es un personaje creado en el contexto de mundo aletargado por la penumbra y el dolor. Quienes se pasean por estos “ensayos” de la ficción profunda, conseguirán que hay una lucha intestinal por alcanzar el lenguaje enciclopédico para producir en medio de la literatura un choque autentico con la realidad.

Convertir la realidad en un objeto de ficción y viceversa, la ficción en realidad, como un esfuerzo, sobrehumano, de transformarlo todo. Este libro, “Libídine, penumbra y congoja de las circunstancias”, es una afrenta contra lo real, una ofensa al discreto encanto de lo que hacemos en nuestra mente. Sin duda, vale la pena leer este libro, porque, como Borges frente al Libro de Arena, estamos en presencia de un libro raro, que a cada página es capaz de mostrarnos una nueva realidad.

Luis Perozo Cervantes
Poeta y ensayista

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