22 septiembre 2020

Sultana del Lago Editores

Empresa Zuliana de Servicios Editores

Reseña de “Entonces” de Leandro Manuel Calle. Por Armando Rojas Guardia

Es bien sabido que en el corazón del Antiguo Testamento hay un libro, breve y denso, titulado “Cantar de los Cantares”, destinado a festejar verbalmente la unión erótico-afectiva entre un hombre y una mujer. Se trata de un poema dialogado en el que el amado y la amada se cantan y celebran el uno al otro, empezando por la epifanía material y concreta que son los cuerpos de ambos hasta el espíritu que se acrisola y respira en la carne de los dos. Ese canto nupcial ha sido objeto de lecturas diversas a lo largo de la historia cristiana: se lo ha leído como la conmemoración teológica y literaria de las nupcias entre Dios y el pueblo elegido o entre el Absoluto y la “eclesia”-la asamblea creyente- o entre la divinidad y el alma del individuo humano. Hoy la opinión mayoritaria de los exegetas y bliblistas se inclina más bien a considerar el “Cantar…” como lo que es para un lector desaprensivo: la celebración literaria de la relación amorosa y carnal entre dos amantes. El hecho de que para la mirada creyente sea un libro inspirado por el Espíritu de Dios mismo no hace sino patentizar la importancia y densidad teológicas que ostenta la unión nupcial; no es de ninguna manera accidental que esta, dentro del catolicismo, tenga el rango de un sacramento.

Con el “Cántico Espiritual” de Juan de la Cruz ha sucedido algo parecido. Bajo el influjo de los mismos comentarios que el carmelita escribió sobre su poema, hoy leemos sus versos en clave mística: ellos describen las bodas entre Dios y el hombre, entre lo divino y lo humano. Pero el poema también puede y debe ser percibido en otra clave, explícita a lo largo de todas sus estrofas: la clave puramente erótica. Y es que tanto para la tradición bíblica como para los místicos cristianos la unión afectiva y sexual entre dos seres humanos es la imagen simbólica privilegiada de la comunión del hombre con Dios.

Se me ocurre que igualmente ante este magnífico poemario de Leandro Calle, “Entonces”, se nos imponen dos lecturas posibles, ambas complementarias: los textos líricos que lo componen pueden ser leídos dentro de un registro religioso y místico y también dentro de uno en puridad amoroso: el tú a quien convocan y con el que dialogan es al mismo tiempo Dios mismo, el Absoluto, y la presencia festejada y cantada de un ser humano, al que se ama.

Conozco bien la poesía de Leandro. Estoy familiarizado con ella desde hace algunos años. Y es a la luz de ese conocimiento y de esa familiaridad, que me atrevo a afirmar que este libro hoy honrosamente prologado por mí constituye la cota más alta, el nivel supremo a los que han llegado sus búsquedas estéticas y su trabajo lírico. La dicción y el fraseo son en estos poemas sencillamente majestuosos. Mallarmé decía que las tres cuartas partes de la eficacia poética de un textos estriban en su capacidad de sugerencia. En los poemas de “Entonces” es precisamente la capacidad de sugerencia lo que predomina: no hay en ellos fárrago metafórico ni grandilocuencia explicativa, solo una contención lapidaria, a veces casi lacónica, a la hora de insinuar, sin énfasis, sin gestualidad verbal innecesaria, la materia de lo que se propone cantar y celebrar. Esta austeridad expresiva, hecha de puras y levísimas alusiones, de indicaciones abocetadas, contribuye decisivamente a otorgarle al poemario toda su limpidez, su transparencia, su alada ligereza.

Cuando, en septiembre de 1973, en Solentiname, Nicaragua, me dediqué a estudiar, bajo la dirección de Ernesto Cardenal, la poesía china y japonesa (la cual era, para Ernesto, una antecesora del “exteriorismo” que en materia lírica él preconizaba), me percaté de que esos poetas nunca explayan en sus textos un sentimiento yoico (nada equivalente a afirmaciones, dentro del poema, como “estoy triste” o “siento nostalgia”). Más bien dibujan una situación existencial y un paisaje, un escenario plástico, donde el sentimiento aludido cobra una materialidad, una consistencia “exterior” muy específica y concreta. Es a través de esa materialidad y de esa consistencia que el lector ingresa en el estado de conciencia que el poeta desea presencializar y transmitir.  Cuando Leandro dice, de manera tan leve como exquisita: “los perros del alma mastican el silencio / muerden con rabia la mudez nocturna / porque mi olfato siente tu presencia / tu presencia que pasa y no se queda”, está utilizando un procedimiento estilístico similar al que someramente he intentado describir: dibuja un decorado por medio del cual nos sensibilizamos ante la presencia escurridiza del ser amado, esa presencia inasible, nunca instrumentalizable, de la que solo queda un rastro, apenas un aroma elusivo.

Y ya que he mencionado a Ernesto Cardenal, debo decir, ya para terminar, que “Entonces”, este libro de Leandro Calle, me ha recordado con insistencia un  poemario de Ernesto, escrito durante los dos años en que el nicaragüense vivió como novicio en un monasterio trapense situado en Kentucky: “Gestsemani Ky”. Asocio ambos libros porque los dos desarrollan el mismo tipo de mística amorosa, en la cual la contención, la sugerencia y la levedad motorizan el organismo verbal de sus respectivas apuestas literarias.

Quiero dejar al paciente lector de estas líneas con un verso extraordinario, verdaderamente magistral de Leandro: hablando de la atmósfera existencial en la que vive su búsqueda amatoria dice de ella, de esa atmósfera: allí, “donde la única gravedad era hacia arriba”. No hace falta añadir ni quitar una sola palabra a esa formulación lapidaria.

Armando Rojas Guardia