29 noviembre 2020

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Primeras páginas de la novela «Pescador de Poesías» de Yorbis Márquez

Había sido un año de esos en que los elementos parecieran cooperar entre sí y a favor del hombre; gracias a esto y al trabajo de su gente el pueblo Wayuu estaba ante una de las cosechas más prósperas hasta ese momento, tal como lo afirmaría el patriarca Wasashi días después. Los rebaños de chivos también habían aumentado en número de manera considerable como producto de los tiernos y profusos pastos; esta abundancia de alimento hacía que todos estuvieran felices y agradecidos con Ma’leiwa (su deidad), por la fecundidad concedida a sus campos por aquellos días.
Esa mañana y antes que el sol diera los primeros indicios de su aparición en el noreste, un suave y cándido llanto despertó al patriarca Wasashi Sawaanaje’ewai; aquel líder wayuu jamás imaginó que el lloro de alguien pudiera ser motivo de tan amena felicidad. Shiakashí era el nombre de la mujer que estaba a punto de hacerle conocer lo que se siente ser padre por primera vez. Y fue en aquella hora de aquel día cuando ocurrió.
La partera —una mujer con unos dones que le permitían cargar con la responsabilidad de asistir todos los alumbramientos de la comunidad— salió sudorosa apartando la estera de junco que servía de puerta a la choza construida con madera, arcilla y techo de palma, en donde la parturienta había dormido las últimas cuatro semanas, e informó que todo estaba en orden; palabras que le produjeron un amasijo de emociones a los parientes que aguardaban a la espera, en especial a Wasashi, quien durante nueve meses y en silencio había soñado con aquel momento: día en el que su futuro sucesor viniera a este mundo. Su mayor anhelo era tener un hijo varón que llegado el momento pudiera colaborar con la responsabilidad que implica guiar a un pueblo. Wasashi también había imaginado ver a su primogénito crecer a su lado, aprendiendo todo lo que un buen líder debe saber para poder ayudar a resolver cualquier acaecimiento inusitado que pudiera presentársele a alguno de sus hermanos de casta.
Inundado de felicidad el hombre irrumpió de manera fortuita en la choza antes que la partera lo indicase. Allí estaba su mujer con la criatura en sus brazos. Él no dijo nada, sólo le agradeció con un gesto, colocó la mano izquierda sobre su frente y preguntó: —¿Toolo, jiet? (¿Hombre o mujer?)—
—jiet (¡Mujer!) —respondió ella. Un sentimiento de nostalgia pareció embargar el recio corazón de aquel hombre; la respuesta no era la que él estuvo esperando todo ese tiempo. Después de un momento y con un poco de añoranza en sus ojos, Wasashi viendo hacia arriba dijo:
‹‹Esta es tu voluntad y la acepto con agrado››, al momento que sonrió para luego tomar a la pequeña en sus brazos y orgulloso mostrársela a quienes lo acompañaban. Ese mismo día se había acordado comenzar a recolectar parte de la prospera cosecha, de modo que la pequeña llevó por nombre Jousü, que en su lengua significa prosperidad.
Al día siguiente el patriarca ofreció una comelona con motivo del nacimiento de su primogénita. Y mientras los hombres celebraban tomando chirinche (bebida espirituosa autóctona), las mujeres preparaban un banquete de chivo asado. El piache, que era el líder espiritual de la comunidad también asistió para conocer a pequeña Jousü y pedir a sus ancestros que la asistieran con su sabiduría a lo largo de su vida para que siempre fuera una luz que pudiera iluminar el camino de su gente.

*

Los siguientes días serían de trabajo duro desde el alba hasta el ocaso, pero la familia era unida y todo se hacía en conjunto y esfuerzo colectivo, lo que facilitaba las tareas. Aunque en esa oportunidad únicamente siete de los ocho hermanos estaban realizando el trabajo, ya que el hermano mayor que era Wasashi, sólo asistía por momentos, y cuando lo hacía no tardaba mucho en pedir disculpas y marcharse a casa de nuevo. Después volvía con algo de beber o algunos dátiles, lo repartía a sus hermanos y emprendía el camino de vuelta; los otros reían al verlo ir y venir a cada rato; conocían a Wasashi y sabían que no lo hacía por temor al trabajo, y en vez de criticar su comportamiento, le brindaban su apoyo, afirmando que era normal que un hombre sintiera esa necesidad inexplicable y casi irresistible de estar al lado de la criatura y de su madre, por lo menos tres o cuatro meses posteriores al nacimiento.
Al final de la cosecha, Wasashi observó que era tanta la abundancia de alimento, que sin problema alguno podían intentar compartir o intercambiar rubros con los pobladores Añuu (sus vecinos más cercanos). No entendía por qué, pero después del nacimiento de su hija, muchas cosas en su interior habían cambiado; siempre había sido un hombre poco sociable, pero ahora sentía que tenía mucho dentro de sí para dar a conocer, como si quisiera repartir la alegría que rebosaba de su corazón.

*

Distintos puntos de vista y la falta de dialogo habían hecho que aquellos pueblos hermanos (wayuu y añuu) rompieran relaciones en el pasado y todo había comenzado por diferencias culturales. Para evitar confrontaciones, sus líderes de entonces pactaron alejarse en sentidos opuestos; pero a pesar de eso Wasashi estaba convencido de que volver a estrechar lazos entre ambas culturas sería vital para subsistir en tiempos futuros. De manera que decidió hacer algo al respecto: en la mañana muy temprano reunió a sus hermanos y les contó de su visión, y habiéndose puesto de acuerdo los ocho, les pidió que antes de poner en marcha lo acordado, cada cual lo compartiera con su respectiva esposa.
Al siguiente día volvieron a reunirse y dejando en armonía sus hogares, los hermanos liderados por Wasashi, emprendieron la aventura rumbo a la laguna de Sinamaica (hogar de los Añuu). Habían emprendido el viaje antes de nacer el sol, y antes que ese mismo sol terminara su jornada por aquel día, hacia el sureste comenzaron a verse las siluetas en retorno de los viajeros.
—¿Jamayan? ¿Cómo les ha ido?—preguntó una de las matriarcas que aguardaban a su llegada.
—¡Anashii! (¡Bien!)— respondió Wasashi.
Después otro explicó que los añuu al igual que ellos, contaban con un grupo de líderes, conformado por los hombres más sabios, en donde la edad determinaba el grado de autoridad, siendo los más viejos quienes se investían con el grado más alto, y por supuesto eran estos longevos quienes tomaban las decisiones en ese lugar. Otro de ellos afirmó que los Añuu parecían ser hombres alegres y despreocupados; habían recibido de manera afable todo lo que les habían llevado y a cambio les ofrecieron una gran cantidad de pescado salado y una variedad de frutas provenientes de árboles que parecían flotar sobre el agua. Un tercero confesó que había agregado una docena de nuevos chistes a su repertorio, esto gracias a la conversa que tuvo con un jocoso paraujano.
—Ya hemos dado el primer paso, pequeño, pero firme —comentó Wasashi.
Esa noche algunos de los vecinos que habían oído sobre lo llevado a cabo por Wasashi y sus hermanos, vinieron hasta su hogar para indagar sobre los hechos. El patriarca les contó la forma cordial en la que los habían tratado los pobladores Añuu, pero a pesar de ello algunos permanecían reacios ante la posibilidad de estrechar relaciones con el pueblo de los pescadores nuevamente. Uno de los que más se oponía era el joven Naco, quien era de otra casta, pero hijo de un amigo cercano a Wasashi.
Al finalizar la reunión y luego que el patriarca explicara los beneficios que podrían obtener a cambio, la mayoría de los presentes estuvieron de acuerdo en que podían abrir una línea de comercio hacia la laguna de Sinamaica, y así se hizo; cada cierto tiempo, algunos hombres y mujeres emprendían el camino con sus burros cargados de mercancía, entre los que destacaban los chinchorros hechos de hilaza (doble cara y sencillo), una variedad de mochilas de diversos colores, prendas para vestir, sombreros, collares, entre otros. Los animales iban y venían cargados, ya que los pobladores Añuu ofrecían a cambio sus elaboraciones, entre las que destacaban las esteras de enea.