24 octubre 2020

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LA ACTIVIDAD MÁGICO-RELIGIOSA EN EL CONJUNTO DE LAS ACTIVIDADES. Alfredo Chacón. Fragmento de #Curiepe

Aun tomada nada más que en su pura facticidad y delimitada solamente por los contornos que a simple vista pueden servir para diferenciarla de las demás actividades fundamentales de la comunidad, la actividad mágico-religiosa de Curiepe en ningún momento deja de mostrarnos su complejidad estructural. Por más crasamente empírico que se proponga ser un primer señalamiento de su alcance en el devenir visible de la comunidad, lo intrincado de su trama interna se impone desde el comienzo como el principal problema.

Por lo mismo, conviene destacar enseguida el carácter de la designación global que de ella se hace en la expresión que la califica como “mágico-religiosa”, la cual quiere indicar al mismo tiempo la solidaridad y la especificidad de los dos términos que la componen. En un sentido, como se irá viendo en todo lo que sigue, dicha expresión indica que todas las series de actos abordados muestran en su constitución tanto lo mágico como lo religioso; pero a la vez, que en todas las instancias de su captación hay que reconocer la especificidad de ambos significados. Ya en el señalamiento que en esta Instancia se pretende, el trazado delimitador no es el mismo para los actos predominantemente religiosos que para los actos predominantemente mágicos.

Por lo que hace a la celebración de los primeros, se encuentra de inmediato que ella se realiza en series distintas –y en algunos aspectos, opuestas- a la de los actos de trabajo que conciernen a la mayoría. Mientras éstos transcurren como la reiteración de un fatigoso esfuerzo productivo que se estima en la escala de lo cotidiano, alternándose solamente por las vicisitudes estacionales de la lluviosidad-sequía y la sucesión o alternancia de los cultivos, los actos predominantemente religiosos, aunque también se reiteran cíclicamente, lo hacen precisamente como festividades que se oponen a las dos configuraciones más directamente ligadas a la monotonía de la cotidianidad productiva, es decir, la rutina misma de las jornadas de trabajo y el vaciamiento de la mayor parte de sus habitantes que el pueblo sufre mientras ellas duran, pues la faena agrícola transcurre fuera de sus estrictos límites, en las tierras de labor adyacentes. Las series de actos predominantemente religiosos aparecen dentro de contornos diferentes a los de la monotonía cotidiana, tanto respecto del trabajo mismo como de la disgregación diurna de la aglomeración comunal. Cada serie es una fiesta  que por su carácter exaltante se opone a la dureza del trabajo y por ser a menudo multitudinaria hace lo mismo con respecto al vaciamiento del pueblo todos los días “de sol a sol”, e igualmente se opone a la dispersión de los pequeños grupos de trabajo en las áreas donde están obligados a permanecer. La ocurrencia de los actos predominantemente mágicos, por su parte, solo en una pequeña porción se circunscribe de una manera tan notoria como la que se acaba de apuntar. Aparte de los juegos adivinatorios y propiciatorios que se acostumbran durante la festividad de San Juan, estos actos en su mayor parte responden a circunstancias suscitadas y satisfechas en el plano de las relaciones interpersonales y de las preocupaciones personales más íntimas, apareciendo así más espontánea y ampliamente ligados al acontecer individualizado de la vida cotidiana, menos sujetos a las pautas de un calendario y una topografía, más independientes de la mediación que los agrupamientos organizados constituyen para el culto religioso.

Pero más acá o más allá de esta diferenciación a distancia, ambos tipos apuntan desde el comienzo de su captación hacia un plano de convergencia menos visible y más rico en significación. Es lo que se percibe en el dato de que los correspondientes sistemas de signos combinan –aunque en diferentes proporciones- elementos y sentidos de ambos tipos; y también en el hecho de que en lo relativo a las motivaciones personales que llevan a la participación actualizada y directa tanto del trasfondo común de representaciones y creencias como de la celebración misma de los actos rituales, los móviles aparecen estrechamente vinculados a la experiencia y la comprensión comunal de las condiciones de existencia individual o inter-personal, tal como ellas surgen en el trabajo, la familia, la vida de relación más extensamente social y las consecuentes expectativas de penuria, rivalidad, frustración, deseo. Los actos religiosos son internamente mágicos, los actos mágicos son internamente religiosos, y ambos remiten a un trasfondo general de representaciones y creencias mágico-religiosas en el cual toda la comunidad participa siempre de amanera mediata, efectuándose la participación inmediata o ritual a partir de desencadenantes directamente ligados a la experiencia individual aunque  estrechamente vinculados a las condiciones de la existencia social.

Semejante entrelazamiento de lo religioso y lo mágico, tanto en el plano de las representaciones y las creencias como en el de los correspondientes actos rituales, coincide morfológicamente con el de las prácticas y significaciones en las demás actividades fundamentales de la comunidad, siendo esta coincidencia la clave para entender el carácter de lo mágico-religioso con respecto de lo económico, lo político y lo cultural en general. Desde el punto de vista del problema de la autonomía relativa o la relativa indiferenciación de estas tres instancias, ya en la descripción de los fenómenos mágico-religiosos se percibe una desigualdad entre el alcance de la actividad propiamente dicha –o sea en cuanto al conjunto de las series de actos de participación inmediata- y el del trasfondo mágico-religioso al cual remiten las representaciones y las creencias implicadas en los dos tipos de actos.

En consecuencia, el campo de acción de lo mágico-religioso, con respecto a las instancias económica, política y cultural en general, aparece menos abarcante y más fácil de delimitar cuando se lo aborda en el plano de la manifestación más explícita, el de los actos que ritualizan su vigencia como sistema de comprensión y expresión; en este plano, además, lo religioso se presenta como más específico y formalizado. Los contornos se esfuman o se expanden al considerar lo mágico-religioso en el plano del trasfondo donde rigen las representaciones y creencias que lo integran. Entonces ya no son solamente los ritos, ni las gestiones más o menos organizadas que aseguran su celebración, los únicos puntos de vinculación entre lo mágico-religioso y el quehacer total de la comunidad; por el contrario, desde este ángulo el campo de acción de lo mágico-religioso se extiende a todos los niveles de la vida comunal y parece transformar todos los actos en ritos de participación que ratificarían su vigencia global.