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[Fragmento]: ¡Venganza! Con esta motivación Bolívar justificó su decreto de “guerra a muerte”

Fragmento del libro «El día que no hubo enemigos» del escritor venezolano Beltrán Vallejo

La guerra de independencia entre 1812 y 1820 fue un crisol de matanzas rutinarias, ejecutadas por patriotas y realistas con la excusa de que el contrario era despiadado, y por tal motivo era menester contestarle con la misma moneda cruel. La guerra de independencia venezolana fue un macabro juego de espejos.

¡Venganza! Con esta motivación Bolívar justificó su decreto de “guerra a muerte” en el año de 1813, un texto para herir el alma de un pueblo y hacerlo violento. De igual manera un José Tomás Boves sustentaría en la retaliación la orden de ejecutar a todos los blancos, tal como lo expresó en su proclama de Guayabal, toda una poética populista del sadismo, al son de corazones arrancados de los cuerpos que dejan de moverse.

A partir de estas bases tenebrosas reflexiono sobre el Tratado de regulación de la guerra y el Tratado de armisticio, ambos elaborado por comisiones “diplomáticas” que representaron al ejército de su Majestad Fernando VII y al de la república de Colombia en un proceso de negociación cuyo momento culminante fue el encuentro realizado el 27 de noviembre de 1820 entre Pablo Morillo, general del “pacificador” ejército español, y Simón Bolívar, general y presidente de un mega país denominado “Colombia”. Se trata entonces de que en ese día de hace doscientos las identidades sangrientas tomaron pausa y se escondieron, ya que a partir de esa jornada la guerra de independencia venezolana se “humanizó” y se transformó de guerra civil a guerra internacional, donde ambas fuerzas se reconocieron mutuamente como ejércitos beligerantes que representaban a dos gobiernos en conflicto.

Recalco, antes de esa fecha, se construyeron identidades viendo al “otro” como enemigo bestial al cual había que responderle sus acciones con las mismas acciones, tal como se justificó en los documentos antes señalados y en decretos, proclamas, órdenes y demás misivas que agitaron y estimularon la violencia cuya expansión fue más allá de los combatientes y de las batallas, ya que se ajusticiaron a los prisioneros y heridos, y se le aplicó el exterminio a una población no combatiente que no encontró tregua ni amparo en unos ejércitos exterminadores en nombre del Rey o de la patria.

Un 27 de noviembre de 1820 se enfrío un tribalismo bestial que había imperado en el campo venezolano y en sus villas, y que derivó en la deshumanización de contendientes y neutrales de manera física y moral, y cuya consecuencia fue un genocidio también físico y moral. Desde esta perspectiva, se debe presentar agudamente el hecho de que gracias a aquel tratado de regulación de la guerra hace doscientos años se frenó consistentemente un ciclo de violencia masiva que bien puede ser concebido, desde los parámetros del siglo XX y del XXI, como tiempos de crímenes contra la humanidad, y a sus ejecutantes como criminales de guerra. Aunque también se debe decir que los mismos implementadores de las matanzas reconocieron que la dinámica de muertes y de violencia estaba en un umbral dantesco, por lo que había plena conciencia de dicha magnitud, pero cada quien hacía la justificación de sus propias tropelías como represalias contra la violencia del otro: un “ojo por ojo y un diente por diente”.

Sin embargo, de esa injusticia sin límites, que imperó desde 1812 hasta 1820,se abrió un instante de reconciliación entre los contendores, y que tuvo su gesto magno en el encuentro entre Simón Bolívar y Pablo Morillo, más los discurso que intercambiaron, las comidas compartidas y hasta la fantástica acción de que ambos enemigos durmieron bajo el mismo techo al final de aquella gloriosa jornada del 27 de noviembre de 1820 en Santa Ana, una localidad trujillana; o sea, en aquel mismo Trujillo donde se redactó en 1813 el documento que desde el bando patriota oficializaba la acción de exterminio a todo aquel que defendiera la causa del Rey, o de todo español que se mantuviera neutral o que no colaborase con los independentista; me refiero al Decreto de Guerra a Muerte, del puño y letra del Libertador.

¿Cómo este momento de reconciliación se forjó? Pues de eso se trata este escrito, que tiene el propósito de confirmar que el tantas veces denostado quehacer político da unos frutos sublimemente trascedentes cuando propicia que aparezcan los ángeles buenos de la naturaleza del ser humano. De manera que este escrito es un homenaje al quehacer político grande, laborioso, fundamentado en el respeto a los demás, sustentado en la responsabilidad sagrada. El 27 de noviembre de 1820 significa el triunfo del genio de la política desde sus formas más esenciales, porque fue la política la que obligó a Morillo a dar ese paso en contra de su voluntad; fue la nueva política del estado español la que exigía iniciar el proceso de negociación, y fue la política lo que impulsó posterior mente el deseo en el “pacificador” de encontrarse con su archienemigo para tratar de persuadirlo y que aceptara los términos de la corona.

En ese plano de la política, es de resaltar el ceremonial que significó el encuentro entre Bolívar y Morillo donde ambos explotaron ese resorte político que engloba la persuasión: el ganarse al otro. De acuerdo a los testimonios existentes, desde que se abrazaron ambos jefes hubo un juego de seducción mutua, se cortejaron, y precisamente es esta habilidad política la que quiero resaltar para presentarla con magnificencia ante estos tiempos de tanto distanciamiento político; tiempos donde la política ha sido encerrada dentro de los fríos parámetros de la ciencia, mientras se desdibuja su naturaleza como arte, la magnificencia estética de su seducción, y para eso abro esta interrogante muy humanizada: ¿cómo pudieron realizar el ceremonial político del 27 de noviembre de 1820 unos hombres que desde el año de 1815 estaban decididos a todo lo posible para acabar con la existencia militar y política que representaba su enemigo?; incluso, es indudable que abrigaron el deseo de acabar con la vida del otro.

La otra interrogante: ¿Cómo habían impactado estas conversaciones, lo acordado, el encuentro entre ambos jefes, en las bases de esos ejércitos, en la oficialidad media y en los soldados?¿Qué habrán sentido los comisionados de ambos ejércitos al verse frente a frente?¿Qué sintieron unos enemigos tan enconados al sentarse en la misma mesa después de todos estos años de sistemática carnicería donde no se permitieron prisioneros ni heridos al final de las batallas, sino que iban directo al fusilamiento o a la degollina?¿Qué habrá sentido el jefe negociador del bando patriota, Antonio José de Sucre, el que perdió a 14 parientes cercanos durante la guerra, entre ellos sus hermanos Pedros, Vicente y Magdalena, que murieron en manos del ejército realista?

Sin embargo, imponiéndose sobre los lógicos odios y sentimientos de venganza, tuvo primacía la política, sobre todo en el futuro Gran Mariscal de Ayacucho, el que sería el mentor de la redacción del proyecto de regulación de la guerra, toda una obra de humanismo, de magnanimidad. De tal manera, me permito pensar que cuando Sucre cogió su pluma, e impulsó las conversaciones con el enemigo encarnizado, se produjo en él un acto de liberación y dejó ir ese odio, y elaboró su perdón a pesar de todo el sufrimiento que sin lugar a dudas lo embargaba, ya que estuvo consciente de que el perdón no es solo una cuestión personal o de índole religiosa, sino que el destino de pueblos enteros dependía de él. En ese momento, en la tierra venezolana, Sucre, junto con los comisionados del ejército republicano y realista, y después con el encuentro de Bolívar y Morillo, le dio al mundo un bello ejemplo de un liderazgo militar que tuvo la capacidad de usar también el escenario político para avanzar en objetivos pero respetando al contrario, estableciendo la relación humana, considerando y potenciando la naturaleza humana, y entrando así a la Modernidad desde los parámetros de ideas y pensamientos que desde hace un siglo avanzaba en eso de reconocer al otro a pesar de las diferencias.

Los trece títulos que componen esta obra ofrecen un panorama reflexivo y crudo sobre los antecedentes históricos, políticos, sociales e internacionales que contextualizaron el proceso de negociación que culminó en el encuentro de Santa Ana entre Simón Bolívar y Pablo Morillo. En cada uno de ellos abordo cada dimensión caracterizadora del trance histórico de un país en su nacimiento, y lo hago desde una jornada cimera que apuntaló el éxito del proyecto independentista.

En el título denominado “La civilización tuvo tropiezos desde el principio de la lucha”, hago una reflexión sobre el comienzo del genocidio con el lamentable suceso de la violación de lo acordado en la capitulación de San Mateo por parte del jefe realista Domingo Monteverde, un hecho que alimentó el carácter criminal de la lucha, radicalizó a los bandos contendientes y rompió los puentes de comunicación más básicos entre ellos. La vileza que cometió Domingo Monteverde significó una herida de donde iba a manar mucha sangre, pues sería una primordial justificación del Libertador y de los demás caudillos patriotas para desatar la guerra a muerte y acompañar así el afán destructivo del bando realista, y así ambos sectores convertirían a Venezuela en un inmenso camposanto.

En el título “Sin el derecho de gentes”, manifiesto mi opinión sobre la peculiaridad atroz de que los actores en conflicto no hayan considerado algunos avances en la “civilización” de las contiendas bélicas, que ya existían fundamentalmente en Europa, y que al contrario se decidieron deshumanizar la guerra y suprimir cualquier convención e imponiendo el bestialismo como forma de lucha.

En el título denominado El Decreto de Guerra a Muerte, hago mi reflexión en torno a dicho documento que ha sido considerado por muchos como el texto más polémico que haya redactado el Padre de la patria. Resalto en mi análisis que este documento se realizó con un firme propósito de concebir una identidad que permitiera la polarización clara en la contienda, pero más bien fue a su vez un basamento para la experiencia genocida que lamentablemente vivió el nacimiento de la patria. Resalto que mientras los efectos de este TEXTO mantuvieron su vigencia, no pudo el quehacer político entrar por algún resquicio en la realidad de la contienda independentista.

El título del “El bando de Guayabal” se trata de un documento mellizo con el anterior, es un texto gemelo con el bolivariano, elaborado por el “taita” Boves para imponer también su doctrina criminal de hacer la guerra, pero aderezada su prédica con la repartición de los bienes del enemigo para sus huestes e insuflando en ellas el saqueo y un imaginario violento pero distributivo que quedará clavado en el sentir popular que acompaña la identidad compleja y difícil del pueblo venezolano.

En el título “La llanerada cambió de bando”, hago reflexiones sobre el ingrediente de explosiva violencia social que representó la participación de los llaneros en la guerra de independencia, un compuesto integrado por los sectores explotados durante el coloniaje y que combatieron masivamente bajo las banderas del Rey, pero que con el transcurso de los años, después de la muerte de Boves, y con la llegada de la expedición pacificadora capitaneada por Pablo Morillo, pasaron a incorporarse a las filas del ejército patriota, y ese proceso lo resalto como determinante para el éxito del proyecto revolucionario, y que también asocio con el inicio de instantes más humanizados del conflicto bélico.

En el título “Camino a Santa Ana” hago mis reflexiones sobre los primeros pasos en ese sendero que culminarían en el encuentro de Santa Ana entre Simón Bolívar y Pablo Morillo. Destaco en mis comentarios el hecho de la transformación de Bolívar, que viene del exilio caribeño con una nueva actitud y con un nuevo pensamiento político y social en torno al conflicto, cuestión que se reflejó en sus primeros anuncios y decretos donde de su parte le ponía fin a la etapa de guerra a muerte, que él inició en 1813, y exhortaba a hacer la guerra de manera más humana, además de sus lineamientos a favor de la liberación de los esclavos.

En el título denominado “La antesala de Santa Ana está en España”, reflexiono sobre como la revolución liberal que se impuso en aquel país, cuyo primer acto insurreccional significó que la tropa que venía a Venezuela a sofocar la rebelión patriota no saliera del puerto sino que se quedara en la península acompañando al liberalismo, fue determinante en el cambio de política hacia el conflicto en Sudamérica, ya que significó la llegada de unas instrucciones que le imponían a Morillo realizar acercamientos con los independentista, negociar una tregua y por medio del diálogo lograr que los rebeldes tomaran en cuenta el cambio liberal que congeniaba con su ideología, y así dejaran la lucha y se sometieran a la autoridad española.

En el título “Morillo en su Laberinto”, hago reflexiones sobre este líder inmerso en angustias, preso en la frustración, y que después de su recorrido represivo, desde España le dictan las órdenes de negociar con un enemigo que hasta ese momento para él no merecía solución de paz, sino sometimiento duro, sin piedad. Se trata de un personajes al que se le extinguió la esperanza y sobre él cayo la frustración y la desesperación al ver la ruina de su ejército que después de varios años de lucha no contaba con la ayuda de España, y que ahora tenía que ser el ejecutor de un política amarga que no comprendía, que no la veía fructífera, y que sin embargo acató y tubo el temple de sostenerla a pesar de lo incómodo que fue el Libertador al principio, y después veremos a ese Morillo en Santa Ana con los convencionalismos diplomáticos y disfrutando de un cordial diálogo con su enemigo más tenaz.

En el título concebido como “La antesala del breve instante de paz”, destaco el hecho de los escarceos, de los avances y retrocesos previos a las negociaciones en Trujillo entre patriotas y realistas. Reflexiono también sobre las posturas inamovibles e inflexibles de Bolívar para condicionar el comienzo del diálogo. Reflexiono sobre la disposición tanto de Bolívar como de Morillo en mantener posturas inamovibles que frenaron al principio el impulso de las negociaciones; no obstante, terminaron aceptando que era beneficioso para ambos bandos este paréntesis negociador.

En el título denominado “Los integrantes de las comisiones negociadoras”, expreso mis opiniones sobre las condiciones que reunían los personajes que integraron los equipos de negociación del bando patriota y del realista. En esos comentarios, hago ver la significación de cada uno de ellos, los vínculos que existían entre ellos, el grado de actuación que ellos han tenido con sus respectivas responsabilidades, y así destaco el papel de Antonio José de Sucre, quien realizó una labor estelar como autor del tratado de regulación de la guerra, un texto que fue presentado en la mesa de negociación por los independentistas, y que además de ser un logro político y humanista, el mismo puede ser presentado como uno de los documentos más importantes de la historia diplomática de Venezuela y de Hispanoamérica.

En el título once, denominado “La negociación”, hago mis reflexiones en torno al proceso negociador y los tratados finiquitados. Reflexiono en sí sobre algunos artículos de los acuerdos alcanzados, transmitiendo mis impresiones sobre la importancia de cada uno de ellos y su significado en eso de establecer un orden humanizado del conflicto. Destaco el avance de un trabajo negociador donde fue primordial el reconocimiento del gobierno de Colombia por parte de las autoridades españolas, aunque no se terminó de reconocer la independencia de la nueva república; pero el avance político en beneficio de los patriotas fue inmenso, y sin dejar de resaltar el logro militar en el posicionamiento sobre el terreno geográfico de las fuerzas en pugna, teniendo como centro la realidad inestable de la plaza realista de Maracaibo, punto que sería el motivo para la ruptura de la tregua. En fin, intento presentar los paradigmas que se expresaban en cada propósito que se abría paso en ellos, cada sueño compartido, cada aspiración en comunión.

En el título doce denominado “Encuentro de Santa Ana”, hago una extensa reflexión sobre los pormenores de aquel encuentro entre Simón Bolívar y Pablo Morillo en la localidad de Santa Ana, hace doscientos años. En esa parte expreso mis reflexiones sobre una jornada aurífera, un día que es una mina de oro por toda la riqueza de comportamiento político ahí expresado, por todo el brillo de las convenciones diplomáticos ahí manifestadas, por todo el fulgor de las aspiraciones, por toda la luminosidad en torno al talento de un Bolívar. En fin, trato de presentar una radiografía del juego subjetivo que se desarrolla en un caribeño ajedrez de sentimientos, maquinaciones y poses entre dos personajes que hasta hace poco dirigían fuerzas de exterminio, pero que en ese instante lograron imponer una tregua profunda sobre sus odios, y lograron refrenar las aguas de esos océanos de destrucción que ellos representaban, que ellos encarnaban. Creo en el esfuerzo apasionado que he hecho para transmitir en este escrito ese caleidoscopio que fue el encuentro entre dos líderes, y exaltar la sagacidad de nuestro “padre de la patria”.

En el título trece, “Después de Santa Ana”, hago reflexiones sobre algunas correspondencias, entre ellas la que el Libertador envía al rey de España; hago mis reflexiones sobre el tipo de relación que había quedado entre Morillo y Bolívar; hago mis reflexiones también sobre un texto donde Bolívar confiesa cual fue su actitud en torno a ese encuentro, haciendo eso con franqueza y sosteniendo que el propósito de esa confesión es rebatir las críticas que habían surgido en el propio campo patriota en relación a su encuentro con el jefe realista, unas críticas que lo habían incomodado en demasía. Es una reflexión que hago sobre ese capítulo que intenta evidenciar ese Bolívar astuto, humanamente político como ser de maquinaciones y como hombre habilidoso con las poses.

Por último, unas conclusiones que no intentan alejar ningún demonio interpretativo sobre ese evento de hace doscientos años, más bien intento convocarlos, aglutinarlos, alentarlos, motivarlos en torno al Libertador y su condición de diablillo; y lo hago para hacer entender la fortaleza de la política, pero la que está impregnada con la sagacidad mágica para abordar retos, superarlos y vencerlos.