
Maracaibo entre el brollo y la crónica
Luis Barrera Linares
Con ese afán de los “hijos adoptivos” que terminan siendo más regionalistas y radicales que los nacidos en Maracaibo (o en alguna de sus poblaciones aledañas, para ser más amplio), varias veces me preguntó ese entrañable y admirado amigo que fue Enrique Arenas (falconiano de origen, pero más maracaibero que las mandocas) que qué sentía yo cuando, luego de muchos años de haberme marchado del Zulia, regresaba a mi ciudad natal y atravesaba el puente Rafael Urdaneta.
Con ello buscaba retar mi zulianidad maragocha, equitativamente diluida entre Maracaibo, Trujillo y Caracas. En una de esas ocasiones (porque me lo requirió en cada congreso o reunión en los que coincidíamos), estando ambos en Valencia (Venezuela), me arriesgué a responderle en broma, con una de las salidas típicas de mi tía Eloína:
—Bueno, Enrique, ¡cuando voy a Maracaibo… siento una ilusión tan grande que se me nubla la mente!
Ambos nos carcajeamos ante mi respuesta, que no hacía más que repetir en broma el segundo verso del estribillo de la muy famosa y nostálgica canción Sentir zuliano (popularizada por Maracaibo 15), y que alude a la ciudad, al sentimiento de haber pertenecido a ella y al tener que marcharnos, por cualquier motivo, para alguna vez volver a “su lago y su puente tan monumental” (palabras de otra canción, Maracaibo te añoro, más que conocida por cualquiera familiarizado con el estado Zulia).
Bromas aparte, es mi historia y la de muchos que allí nacimos, pero, por motivo familiar o de otra naturaleza, debimos marcharnos a vivir en algún espacio urbano distinto. Sin embargo, a pesar de eso, para quienes allí convivimos, o por sus lugares deambulamos durante la infancia o adolescencia, Maracaibo (el Zulia) es un enigma cognitivo, una masa de experiencias inolvidables que con el tiempo se vuelve casi una obsesión, un modo de adquirir hábitos lingüísticos muy particulares y ciertas formas de conducta que parecieran instalarse en los genes, entrar en hibernación, y reaparecer cada vez que algún estímulo los saca de nuevo a flote, independientemente del tiempo que hayas habitado en otros ámbitos culturales (e, incluso, en otros idiomas). Es como una chispa del gentilicio que se queda en las neuronas, que puede estar agazapada en nuestra memoria, pero salta inmediatamente si hay motivación que la remueva. Vienen entonces el despecho y algunas otras evocaciones musicales, como “a ti regresar no he podido, pero volveré”.
En mi caso, ha vuelto a ocurrir en estos días de febrero (2021). Y la pavesa que esta vez ha logrado poner en marcha el impacto inevitable de mi gentilicio íntimo e irrenunciable ha sido una novela. Luego de muchísimo tiempo sin pisar la Plaza Baralt, pasear por la calle Carabobo, la calle Derecha, Bella Vista o rendir culto a la Virgen de Chiquinquirá en la basílica, me he imaginado deambulando por la ciudad en un muy particular taxi que, acondicionado para efectos amorosos furtivos, me lleva de la mano de dos personajes llamados Nectario Medrano Rodríguez (también maracucho “reencauchado”, oriundo de Falcón) y Misleydi Graterol de Urdaneta. A esta última, Nectario comienza pergeñándola en la ficción del texto que le está corrigiendo, para terminar con ella en una tremendura sexual concreta. Se apoya en su “sexo sentido” de ficcionauta que sabe aprovechar el oficio de cazagazapos para enmendarle otras cosas más apetecibles que unos cuantos detalles ortográficos, estilísticos o sintácticos.
En torno de ellos dos, gira todo lo referente a la novela cuyo preludio-frontispicio-exordio-proemio-prefacio-introducción-prólogo he debido comenzar a escribir antes de este rodeo pleno de despecho. Me refiero a Corrector de estilo, una divertida, sarcástica, irónica y humorística narración que, por segunda vez, se hace presente en esta reedición, para ponernos de frente y de perfil con la que no ha dejado de ser “tierra del sol amada” (Rafael María Baralt dixit), ahora sacudida por las carencias, atormentada por el maltrato oficial, “marginada y si un real” (para seguir en la onda melódica), pero todavía firme, con el orgullo y el sentimiento regionalista intactos.
Quienes saben de los misterios de la lectura suelen argumentar que somos tantas personas como volúmenes hemos leído; que soy lo que voy siendo en la medida en que me sumerjo en los textos en que me introduzco como lector. Y también se arguye que somos diferentes después de que cerramos un libro. Ciertas o no, dichas ideas sirven para continuar este introito, motivado por la relectura, de esta singular historia, escrita por Milton Quero Arévalo (autor marabino, pero ¡también falconiano!), escritor multitarea que se mueve entre los escenarios, la poesía, la narrativa, la dramaturgia y la joda metafísica, y a quien no le han sido extraños los reconocimientos por su trabajo literario.
Digo entonces que el precepto aludido al iniciar el párrafo anterior se cumple, sin duda, en este caso: usted será alguien diferente luego de devorar los dieciséis capítulos que aquí se le ofrecen. Si es zuliano/a, la ración será doble, porque en muchos casos (se) verá retratado a sí mismo o a alguien a quien conoce o del que ha oído hablar. Y sumo: si además conoce o conoció usted la ciudad que sirve de marco a esta historia, —mi caso—, seguramente el efecto se triplicará.
Para mi fortuna de zuliano expatriado por motivos familiares y lector silvestre (como siempre he querido ser), leí este mismo libro hace ya varios años, en la ocasión en que, un azar editorial puso en mis manos el manuscrito, entre los avatares y el revuelo generados por el Premio Adriano González León (2004), con el que fue unánimemente reconocido por el jurado. En aquel tiempo me resultó mucho más que atractivo por la cantidad de recuerdos e imágenes que me traía acerca de los espacios de mi infancia, aparte de la escritura desenfadada y los toques de humor.
Rememoré los nombres de calles, avenidas, locaciones de antiguos edificios, pareceres y conductas de un “maracuchismo” que se habían quedado en el recuerdo, como parte de mi patrimonio vital. Ahora la re-leo (y el guion aquí es intencional), otra vez en forma de manuscrito, y la impresión es diferente. Obvio, porque también este lector que ahora soy ya no es más aquel de la primera vez. La impresión que de ella guardaba se ha repotenciado y la nostalgia del desterrado es mayor, hoy con más motivo que antes, ya que, aunque de modo pasajero, geográficamente, y otra vez por motivos familiares, mi lejanía del “lar nativo” es mucho mayor.
En sus páginas está Maracaibo como ciudad que, en condición de personaje, compite con el sol inclemente, irritante, pero imprescindible, que siempre ha adornado su cielo. Esa cortina lumínica que parece adormecer al habitante y sin la cual ese espacio geográfico sería otro muy diferente. Sin sol no hay Maracaibo y la trama de esta novela es evidencia de tal aserto. Por encima del argumento, del vocabulario magnífico de sus personajes, de la geografía urbana, detrás de cada escena descrita, más allá del humor ácido que no cesa, está siempre la inevitable atmósfera de calor que da vida a cada acontecimiento.
Como diría ese fabuloso y fabulador personaje que es Nectario Medrano Rodríguez, Maracaibo parece más una urbe desecha que otra cosa: “ciudad monárquica”, la llama en una ocasión; allí “es imposible ser anónimo”, afirmará después. Sin embargo, a lo mejor en eso radica su esencia citadina. Espacio de hablas que se funden y se confunden, pequeños lugares que más bien simulan ser muchas ciudades dentro de un multiforme cascarón urbanístico que tiene como emblemas un lago (otrora ideal e idealizado), una manera particular de expresión que posiblemente vaya mucho más allá de ser un simple dialecto cultivado y exacerbado por sus hablantes, muchos de ellos verbales untuosos, como aquí se les denomina y, muy importante, un gentilicio que es mucho más que color local, una forma de ser que se lleva en los cromosomas sociales y que se multiplica en el tiempo.
Según piensa el mismo Nectario, la urbe es una mezcla disparatada de tantos estilos y rasgos que la hacen parecer el reino del “mal gusto” (vestimenta, lenguaje, urbanismo, escultura, artes en general), aunque podría tratarse más bien de una estética incomprendida, irreverente, burlista exprofeso, un modo de ser paródico a conciencia. Si me pusiera en el lugar de dicho personaje, pensaría que su deseo más ferviente, vislumbrado a través de todos los capítulos del libro, siempre fue cubrirla toda con una inmensa sábana blanca que la ocultase para el resto del mundo, como siempre desea hacerlo con cada terreno baldío que la afee. Pero, como todo hijo rebelde, protestón e inconforme, su carta final demostrará cuánto amaba aquel supuesto desastre incomprensible, simbolizado en la amistad de sus compinches. Mientras se quejaba de aquel conglomerado tan particular, ignoraba que este lo estaba esperando en la bajadita. Aquí dejo un primer enigma a resolver por el lector, como si yo actuara en función de maestro de escuela básica: descubra usted por qué Nectario está más enamorado de la ciudad de lo que él mismo cree. Tome en cuenta que, como muchos otros que allí moran, nació en otro lugar.
No obstante, por encima de cualquier prejuicio, sigue siendo nuestra ciudad, nuestra obsesión colectiva; suya de ellos, es decir, de los personajes, porque algunos jamás saldrían de ella, aunque se marcharan; mía, ya que forma parte de mi memoria emocional y, por supuesto, de quienes allí conviven, padecen y —vaya contradicción que no lo es— han disfrutado siempre su particular paisaje, la manera de ser de sus condóminos y de dos curiosos sistemas comunicacionales a los que en estos capítulos se rinde culto: el BROLLO y la CRÓNICA (todo en mayúsculas sostenidas, debido a lo importante que resultan para la trama de esta historia en la que los personajes se mueven en torno de algunas inquinas locales, un cúmulo de interesantes y muy atractivas anécdotas avistadas con humor, con ironía y con un desparpajo que te va guiando por cada capítulo, cada parada brusca de “carrito por puesto”, cada fenazo de autobús, cada grito y cada pasión desplegados durante una corrida de toros o mientras se visita algún burdel, burlescamente denominado “cabaret”, casi en un oculto culto a los lupanares parisinos.
Se trata de un lugar en el que cada brollo que se genera podría culminar en la posibilidad de una crónica que preserve la memoria de lo que ha sido el devenir social de la ciudad, completa, entera: engullida entre comentarios y chistes sobre la conducta del otro o la otra (los otros) y las palabras de la crónica popular, que seguramente alguien redactará, ya que también es un lugar imbuido de una atmósfera literaria recurrente. En suma, ciudad de crónicos cronistas a granel.
Imagino que, aunque ello no aparece en la novela, alguna vez podría haber dicho Nectario: “Maracaibo tiene más cronistas que gente”. La consecuencia natural de esto sería la emergencia lingüística de brollar, como verbo dialectal, conjugable en todos sus tiempos y modos (distinto de ‘embrollar’, aunque semánticamente conectado’), atado al ser de algunos/as de sus habitantes; verbigracia, a aquellas encopetadas damas y caballeros adinerados, asistentes a los espacios del Club del Comercio, donde, en un contexto de piscinazos, tragos y conversaciones sobre viajes a Europa, rutinariamente se corta y se cose (se brolla) cada suceso digno del chisme. Por ejemplo, la presencia molesta de Misleidy, la “perijanera” y la alta traición en que ha incurrido, al golpear la autoestima y la “machumbre” de Echeto, decidiendo su separación de él para marcharse con Nectario a Mérida, lugar desde el cual surgirán al final muchas de las claves que explican el argumento de la novela. Una carta de este último, ahora enfermo de cáncer, pero novelista ya consumado, dejará claros muchos asuntos.
Resaltan los nombres y epítetos elegidos para los personajes de un interesante grupo de caballeros (“los cuatro de Liverpool”, les dicen unos estudiantes de Arte) todos de triste figura, sesentones (vejucos libidinosos y sexalescentes, diría mi tía Eloína), pero de mucho aliento vital, reunidos en torno de un Círculo de la Testosterona Literaria que los hermana y en el que confluyen cada una de sus particulares, grandes y pequeñas, aventuras de vida: un articulista de revista institucional, corrector, “grecófilo” y protestón, novelista oculto, muy importante para dar sentido a la trama (Nectario Medrano Rodríguez (a) Míster Corrector), un profesor de bachillerato, prologuista “profesional”, frustrado en su propósito literario, pero esperanzado en una jubilación por incapacidad (Nicanor Antúnez (a) Nicasio Abreviatura), un excatedrático, expulsado de la universidad por la publicación de un poema ofensivo para la “institución”, especialista en meretrices y en “poesía putañera” (Magio Fernández (a) el Barón de la Enjuta Figura) y un solterón aficionado a la tauromaquia, aspirante a suicida, supervisor de caleteros y soñador de viajes que jamás ocurrieron (Rafael Tubalcaín Palmar (a) el Rafa de la Girondina).
Los cuatro son diferentes en sus orígenes y ocupaciones, machistas empedernidos, gozones y jodedores, cada uno a su manera, pero confluyentes como parte de un solo objetivo idealizado en la ficción. Viven en dos planos: el mundo real, de la cotidianidad que los ocupa, a veces los acogota, a veces los divierte, y el espacio ficcional en el que todos desean estar, como lo estuvo siempre ese mítico ser de cuya existencia sabemos y siempre dudamos, Hesnor Rivera, cuyos versos desfilan por algunas de las páginas y, no por casualidad, sirven de soporte para que Nectario logre transportar a Misleidy desde su mundo artificial y aburrido (como esposa de un comerciante silvestre, ordinario, básico, aunque con mucho dinero, con apellido de prócer: Echeto Jefferson Urdaneta) hasta otra vida que para ella fuera imaginaria, aunque muy real para el resto de los pobladores: el espacio urbano variopinto, multiforme, repleto de contradicciones, pero verdadero, con seres que viven y siente el bullir diario de sus lugares cotidianos, extraños, para algunos, extravagantemente multiculturales para otros, pero auténticos.
En este permanente ejercicio de intertextualidad que son las lecturas que llevamos entre ojos y cerebro, algunos capítulos recuerdan pasajes de otra novela con la que, sin duda, dialoga Corrector de estilo. Me refiero a Tierra del sol amada (1918). Precisamente, también una obra que me dibuja un Maracaibo al que no conocí más que por los capítulos de esa formidable narración. A ella se hace mención varias veces, guiños que leo como reconocimiento que hace Quero Arévalo a su autor, mi admirado José Rafael Pocaterra, quien, también sin haber nacido allí, nos mostró otro fresco sobre la ciudad, durante la segunda década del siglo XX.
En fin, que me regocija haber refrescado, con esta mi segunda lectura de Corrector de estilo, la exaltación del habla de Maracaibo, los giros y salidas lingüísticas de los personajes, los modos de presentar una realidad que gira en torno de un mítico lago que nada tiene de “proceloso”, como diría Nectario, pero sí mucho de historias entretejidas en sus aguas que, aunque ahora turbias, pútridas y malolientes, gracias a la desidia oficial, alguna vez fueron cristalinas, al menos en mi memoria infantil y adolescente. Por ellas navegué muchas veces desde y hasta Los Puertos de Altagracia, en unas pequeñas embarcaciones llamadas “vaporcitos”, hasta un puerto repleto de piraguas, aledaño al viejo mercado, hoy museo Lía Bermúdez.
Quiero dejar mi testimonio de cuatro escenas que seguramente disfrutarán los lectores, como lo he hecho yo, al volver a estas páginas, en las que el narrador da muestras de su maestría para manejar simultáneamente el diálogo, la parodia y la narración eficiente: una, el recorrido en carrito por puesto que realizan Rafa y Nectario, cuando van hacia la plaza de toros y que por cierto concluye con una expresión local que no deja dudas sobre su significado, cuando, molesto por las impertinencias de Nectario, el chofer del vehículo les ordena: “¡se me bajan de esta verga ya!”; otra, la golpiza que un furioso Magio Fernández le propina a un excolega y firmante del documento en el que se registró su expulsión de la universidad (Wenceslao Urrutia), al sentirse herido en su orgullo de amante, cuando lo encontrara en el lugar de trabajo de una chica de dos caras, Katiuska / Mariola Jiménez Pedráñez, bailarina y prostituta soñadora, pero también, su novia clandestina; tercera, la presentación de un libro de historia en la Casa de la Capitulación, aderezada no solo por la descripción del ambiente, sino también por el cursi discurso del presentador (Nicasio Abreviatura); la cuarta, ya la mencioné antes: el turístico (más bien, “tirístico”) viaje en taxi inventado por Míster Corrector para ejecutar su primer encuentro sexual con Misleidy. De antología son las cuatro escenas.
Y ya, hasta aquí. Podría ofrecer muchas otras impresiones acerca de mi lectura, pero todo prólogo debe tener su final, y mientras antes mejor, para ofrecer paso a otros lectores. A fin de despertar el apetito para acercarse a las páginas que siguen, me limito a concluir con un consejo que sirva de brújula para el recorrido: si de brollos, humor, crónica y “maracuchadas” quiere usted leer, ha llegado al lugar adecuado. Adelante.
Más historias
«Para Cabrera, Betancourt y Maduro (con sus lógicas diferencias) actuaron con parecida saña, autoritarismo y recurso a la militarización». Argelia Bravo sobre «Venezuela insurgente» de Ángel Gustavo Cabrera
¿Por qué leer este relato, si ya me sé el final? Por Javier Gómez G.
[Reseña]: A propósito de ‘Los tiempos cambian’ de Luis Armando Ugueto. Por Gisela Kozak Rovero